olvidarse

en estos últimos meses hemos estado hablando sobre roles, sobre emociones, sobre aprender a desaprender, sobre amor y sobre miedo. sobre cómo los monstruos se hacen más pequeños cuando los miras, cuando los enfocas con una linterna. hace un par de semanas dije en voz alta: “no le tengo miedo al desamor” y me sorprendí porque no sé, todavía hoy, de dónde saqué la valentía. pero es que es verdad. nunca he pensado más de medio rato si debía o no saltar a la piscina. quizá tener una relación sana con mis exparejas ayuda. o quizá sobrevivir a aquel desamor me dio superpoderes. y fue, lo prometo, el peor desamor que ha existido en la galaxia. nunca podrá haber otro mayor. y eso es una suerte, la verdad. pero hay más; también estoy desaprendiendo a silenciar mis emociones. no soy (tan) fuerte ni estoy hecha de un material resistente a las balas. no sé de dónde sale esa imagen, pero pesa muchísimo. me rompo, lloro, necesito que me abracen fuerte, que me arropen y que me toquen el pelo en silencio. “tienes derecho a que todo no esté ok. cuando ejercemos el rol de cuidadores, nos olvidamos”, me dijo un buen amigo hace poco. qué movida, ¿no? olvidarse.
creo que recién empiezo a recordar y me gusta. y sí, a veces no puedo con todo el peso. y no siempre soy capaz de pedir ayuda. más por no saber que por no querer. pero sé que, a veces (”no muchas ni tampoco pocas”, dice una canción), necesito abrazar fuerte. y ponerle sonido a mis emociones. necesito saber que es necesario bajar el nivel de autoexigencia. necesito desapegarme un poco de la felicidad que encuentro en la soledad y cederle espacio a la gente a la que quiero. necesito recordar que no es malo necesitar. lo. te. me.

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